martes, 29 de abril de 2008

Café


Siempre tengo que estarlo esperando, me choca, lo odio.

-tráigame un café.

Lo juro que si pasa de esta hora, me largo. No sé porque no lo he hecho. Siempre estoy imaginando que va a llegar a tiempo. Por pendeja. Maldita gente, parezco la única con broncas. Ojalá y se le caigan los lentes en el café, parece puto con esa nariz, o que tal los zapatos de albañil que trae ese güey, que no sabe dónde está. ¿Por qué la gente de aquí siempre se siente lo mejor de lo mejor? ¿Qué no se dan cuenta de la pinche zona donde viven? Ya no soporto el olor, se me hace que han de haber limpiado la mesa con un trapo podrido, huele a huevo cabrón; y los brazos ya los traigo bien pegajosos, ya hasta me duelen cuando los despego del plástico de la mesa.

-Su café, señorita.

Que no tienen más platos, o a huevo me tienen que dar el roto. Uta ésta madre sabe a tierra.

-Disculpe, ahí le mandan éstas flores.

¿Flores? No estén chingando, eso me pasa por esperar a Juan. Pero en cuanto junte el dinero, me largo de aquí y me compro una casa; y me dejo de pendejadas. Lo primero que haré cuando me vaya, es buscarme un hombre que no sea prieto, porque aquí todos parecen primos del frijol. Mmmmta ya viene este pendejo.

-¿Qué quieres Ramiro?

Que va, ese cabrón jamás me pondría el cuerno, sabe lo que tiene; y que yo soy lo mejor que hay en este pinche lugar.

-Dile que se deje de estupideces y que venga por mí. Llevo dos horas esperándolo.

Todavía se atreve a decirme que ya no lo chingue porque me va a dejar para siempre, que no friegue.

-¿Qué traes en esa maleta?, ¿Más flores? Güey, neta crees que con unas pinches flores te voy a hacer caso.

¡No mames, está llena de dinero!

-Ramiro, ¿Eres apiñonado natural? Dos cafés por favor.

Por Saray Sánchez

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