Se siente fría, fría como cuando me baño. Ashhhh mi cobija se volvió a empapar, maldita lluvia. Me chocan las goteras y ese maldito sonido en la cubeta de metal. Suena como si hubiera un altavoz en el agua. Una tras otra sin descanso. No quiero ver la luz, no me quiero levantar, no he podido dormir por esa maldita gotera. Como me gustaba el sonido de la lluvia, mis cobijas calientes, y protegido por un techo… por él. Lo extraño. ¿Pero regresar? ¡No, no puedo! No podría soportar la humillación del mundo, juzgándome por mis preferencias, y más por lo que hice. Todo mundo me ha de estar buscando, de seguro quieren arrancarme la piel y quemarme vivo. Otra vez siento esa presión, no me deja respirar, ni siquiera pensar bien. Sólo la veo a ella y a su mirada humillándome, suplicándome, arrastrándose como una puta, como lo que era. Obviamente lo es y nunca dejará de serlo, porque su mirada reencarna una y otra vez, jamás me dejará en paz, me persigue; la veo en mis sueños, en la calle, en la iglesia, jamás deja de mirarme. No puedo evitar sentir esa rabia, la rabia que empieza a quemarme y que cierra mis puños encajándole las uñas. No puedo permitir que hable, que lo diga, mataría esa mirada de nuevo, una y otra y otra vez. Sino hubiera entrado a la casa, no nos hubiera visto juntos, no le hubiera pasado nada, se lo dije, pero no entendía, ella insistía en fregarme la vida. La arrastré, la golpee para que se callara, pero seguía amenazándome, jamás me hubiera entendido, tenía que matarla. Y lo hice. Y aunque su sonrisa sangrienta manchaba el piso, yo insistía en callarla, no veía el sonido en su boca, pero la escuchaba, diciéndome que era un maricón. Un desagraciado. Él no hacía nada, sólo me veía como la hacía sufrir, como si le diera gusto. Sabíamos los dos que tenía que hacerlo, que nadie se podía enterar, ella no entendía mis necesidades, jamás, jamás lo hubiera hecho. No podía permitir que me arruinara, nadie tenía que darse cuenta. Traté de acabar con ella, pero todo el tiempo me persigue, su voz acusándome, su mirada rechazándome, y yo sólo quiero volverla a matar, terminar con todo de una vez. Escucho pasos, uno tras otro en las escaleras, se acercan, vienen por mi, lo sé, ella los mandó para matarme, y otra vez esa mirada que reencarna, me mira, me anuncia el fin, y veo como un ojo me apunta, perfora mi mente y me la quema…
Por Saray Sánchez
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